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Comercio
 
Tercera Conferencia Ministerial de la OMC

Un teatro del absurdo en Seattle


Entre acuerdos organizativos caóticos y manipulaciones, los delegados a la Tercera Conferencia Ministerial de la OMC finalmente no lograron llegar a un acuerdo en temas de importancia. El autor hace un recuento de los días "movidos" -y no pocas noches en vela- vividos en la ciudad estadounidense de Seattle, entre el 29 de noviembre y el 3 de diciembre.

Por Chakravarthi Raghavan


Podría decirse que la Tercera Conferencia Ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en Seattle se pareció a algo así como una obra teatral con una coreografía y un guión muy cuidados y actores de renombre, pero en la que el resto de los actores se negaron a actuar, escribieron su propio guión y "arruinaron el espectáculo". Tal vez deban pasar varias semanas, si no meses, para que la cólera y la conmoción provocadas dentro de la OMC se aplaquen y vuelvan a prevalecer los modales diplomáticos. De eso se encargarán los embajadores comerciales en Ginebra cuando traten de juntar los pedazos del sistema hecho trizas en Seattle.

Pero ni siquiera esa posibilidad es segura. En la semana del 22 de noviembre, los negociadores comerciales en Ginebra trataban de encontrar una forma de admitir el fracaso y darles a los ministros todos los documentos y textos entre corchetes. Algunos embajadores de países del Sur especulaban que esa situación podía ser fruto de una estrategia planificada por Estados Unidos para impedir que surgiese algo nuevo en Ginebra y así tener todo bajo control -como presidente de la conferencia- en Seattle, de forma de lograr el resultado deseado. También se preguntaban si se trataba de una mera incompetencia e inexperiencia, en materia de diplomacia comercial, de la misión de Estados Unidos en Ginebra.

Pero pocos de quienes se reunieron en Seattle habían negociado el tipo de conferencia y el proceso a que estuvieron sometidos por el anfitrión más poderoso, rico y obviamente más mezquino del mundo. A partir del 26 de noviembre, ministros y altos funcionarios de comercio de países clave comenzaron a llegar a Seattle, tal como se habían combinado, a efectos de disponer de todo el fin de semana para realizar discretos contactos y consultas sobre cómo impulsar la agenda ministerial. Pero la anfitriona, la Representante Comercial de Estados Unidos, Charlene Barshefsky, recién llegó el domingo 28 de noviembre en la noche.

A los delegados de los países miembros, observadores, organizaciones internacionales, medios de difusión y ONGs, se les había pedido que se registraran alrededor de la tercera semana de noviembre. Después de haber llenado formularios y entregado fotografías para las acreditaciones que debían recoger el 27 de noviembre, se encontraron con que estaban traspapeladas y en muchos casos, perdidas. Tuvieron que volver a hacer cola para llenar nuevos formularios, sacarse nuevas fotografías y presentar otra vez sus credenciales. Los funcionarios de la OMC estaban abochornados y todos coincidieron en que no se habían dado pruebas precisamente de la pregonada eficiencia y capacidad tecnológica de Estados Unidos.

La misma falla ocurrió también en el centro de conferencias, donde incluso faltaron los servicios normales de cualquier reunión internacional. Después de la medianoche, aunque aún seguía habiendo una agitada actividad, ya no era posible encontrar agua, té o café.

Antes de los actos oficiales para las ONG, varias de las principales organizaciones contrarias a la globalización realizaron talleres, algunos muy razonables y bien argumentados, y otros muy quijotescos. El primer acto oficial de la OMC tuvo lugar el 29 de noviembre: un simposio para ONGs con algunos conocidos oradores cuidadosamente escogidos, desde el punto de vista de Estados Unidos, que repetían como una letanía sus ideas, a esta altura trasnochadas. Entre ellos destacaron la ministra de Desarrollo de Gran Bretaña, Clare Short, el ideólogo del libre comercio Jagdish Bhagwat, la propia Barshefsky, el director de la Federación Nacional de Vida Silvestre de Estados Unidos, que defiende el unilateralismo de ese país con el argumento de que es en función de la protección ambiental, y la organización World Wild Fund Internacional (WWF).

Ninguna de las ONG del Norte y del Sur que tienen serios cuestionamientos al sistema de la OMC -pero que son las que incuestionablemente han cabildeado a sus gobiernos para cambiar el curso de sus políticas- pudieron hablar desde el estrado. Sólo podían pedir la palabra y únicamente si la habían solicitado con anterioridad al presidente.

Antes de que empezara la sesión, el pestillo roto de una puerta levantó la sospecha de que hubieran colocado una bomba. Evacuaron el edificio y llevaron perros para rastrear el sitio, antes de declarar que era seguro. Todo esto retrasó el simposio varias horas. Y cuando empezó la hora de las preguntas y respuestas, numerosas ONGs cuestionaron a varios oradores, incluida Barshefsky, por las argumentaciones a favor de la globalización y la liberalización del comercio, confrontándolas con evidencias empíricas que demostraban lo contrario.

Al día siguiente, los actos previstos para la ceremonia de apertura de la Tercera Conferencia Ministerial en el Teatro Paramount fueron desbaratados por quienes "invadieron" y ocuparon el sitio, utilizando el micrófono para "dialogar" con los delegados. Otros bloquearon las calles y rodearon algunos hoteles para impedir el ingreso de ministros y altos funcionarios, el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Kofi Annan, entre ellos.

Con la intención de dar muestras de amplitud, los anfitriones de Seattle habían autorizado una marcha y manifestación organizada por los "aliados" del gobierno en la central sindical AFL-CIO: los sindicatos de trabajadores del acero, que reclamaban protección, cupos e investigaciones antidumping para impedir el ingreso del acero proveniente de los países más pobres, los de textiles y el vestido, que utilizaban el argumento de la "mano de obra infantil" para cerrar las importaciones del mundo en desarrollo, y los de choferes.

Hubo otros manifestantes pacíficos en las calles, como los que querían salvar las tortugas y los bosques tropicales o que protestaban contra el patentamiento de formas de vida y la ingeniería genética. También presentes, pero poco entrevistados por los medios de difusión, estaban los manifestantes que apoyaban a los pobres y a los países del Sur en desarrollo, entre ellos los de la campaña por el Jubileo 2000, que reclama la cancelación de la deuda externa.

La policía, cuya presencia era muy visible, formó barreras con sus fuerzas de choque para separar a los manifestantes de los delegados y de otras personas que iban a la conferencia. Los informes de la televisión mostraron a algunos delegados empujados por manifestantes. Repentinamente apareció un grupo, de unas 100 personas, enmascarados con trajes negros, que comenzó a romper vidrieras y saquear comercios. La policía no detuvo a uno solo de ellos y todavía siguen envueltos en el misterio y denominados como "anarquistas". Pero se parecían más a los agentes provocadores que se unieron y estimularon las manifestaciones desenfrenadas de 1968 en la Convención del Partido Demócrata y que condujeron a la elección del republicano Richard Nixon. Sin duda que hubo agentes provocadores en Seattle. Si eran de algún organismo gubernamental o de los poderosos grupos empresariales, sólo el tiempo lo dirá.

Durante dos días, los manifestantes organizados tomaron el control de las calles. La policía empleó gases lacrimógenos y gas pimienta, se declaró el toque de queda y se llamó a la Guardia Nacional. Al final, los participantes de la conferencia estuvieron sometidos a condiciones de sitio. Y todo eso fue utilizado por los negociadores estadounidenses y el propio Bill Clinton. En un discurso pronunciado en un almuerzo de trabajo, el presidente de Estados Unidos intentó persuadir a las delegaciones a llegar a dos compromisos: incluir normas laborales en la OMC y utilizar el tema ambiental para abrir el procedimiento del grupo especial de diferencias a las ONG ambientalistas, que creen que pueden presentarle notas amicus curiae.

Si bien la conferencia incursionó en los mecanismos de "transparencia" para la discusión de los temas que debían figurar en la declaración, en realidad no hubo negociaciones o discusiones en ninguno de los cuatro grupos de trabajo. Y la Secretaría y el presidente del grupo de trabajo a menudo ni siquiera presentaron de manera objetiva un resumen de las diferentes opiniones y dieron explicaciones que no resistían el más mínimo análisis. Una actitud que, en última instancia, demostraba un menosprecio por los miembros.

Cuando uno de los presidentes del grupo de trabajo fue observado en el Comité del Conjunto por ignorar la opinión de los países miembros del grupo de la ACP (África, el Caribe y el Pacífico, países del pacto entre la Unión Europea y Lomé), se adujo primero que la ACP había presentado su informe en la tarde, mientras que el informe del resumen se había basado en la reunión de la mañana. Pero ante la respuesta de que Jamaica y otros países habían hablado en la mañana, no se dio explicación alguna.

En ciertas reuniones informales restringidas "de sala verde" -como uno de los participantes denominó a las reducidas reuniones presididas por un ministro o a veces un funcionario de la OMC-, se hizo el intento de presionar a quienes se resistían a aceptar la negociación de temas nuevos. Mientras tanto, Estados Unidos realizaba negociaciones bilaterales con la Unión Europea para dejar establecido un mandato para la realización de negociaciones agrícolas, a cambio de la promesa de Estados Unidos de que atendería el reclamo de la Unión Europea de realizar negociaciones sobre inversión y política de competencia.

En las reuniones del grupo de trabajo sobre la agenda de Singapur y otros temas, varios países se pronunciaron en contra de cualquier negociación e incluso de negociar compromisos en alguno de los cuatro temas de la agenda de Singapur. Y el número de esos países pareció sorprender a quien dirigía la conferencia. En las reuniones de "sala verde", presididas por un ministro neozelandés y que transcurrieron al mismo tiempo que otros grupos de trabajo plenarios a nivel ministerial, hubo más intentos de aislar y presionar a algunos de los países que habían aclarado expresamente que no irían más allá del actual mandato del proceso de estudio. En ninguna de esas reuniones se había invitado a grupos de países, salvo los que se mostraban afines a apoyar las posiciones de la Unión Europea o de Estados Unidos. Estos sí podían entrar y demostrar que un gran número de países estaban a favor de las referidas posiciones y que los que se oponían sólo constituían una minoría recalcitrante.

En la reunión del 2 de diciembre por la noche sobre los temas de Singapur, el presidente del grupo, de Nueva Zelanda, dio la palabra primero a quienes apoyarían las referidas posiciones. Para ese entonces la Unión Europea tenía claro que en Seattle no se podrían iniciar nuevas negociaciones ni encomendar su realización. No obstante, buscaba lograr un compromiso que permitiera convertir el proceso de estudio en negociaciones en la Cuarta Conferencia Ministerial.

La reunión comenzó con la presentación, por parte del presidente, de las siguientes opciones: negociaciones, estudio centrado con un compromiso de realizar negociaciones, y estudio sin ningún tipo de compromiso. Esta última fue presentada como una opción no viable. Se daba la palabra a quienes apoyaban la primera y la segunda propuestas, aun cuando había otros que habían levantado primero la mano. Cuando India, que había solicitado primero la palabra, protestó, se le dijo que el presidente le estaba dando prioridad a los ministros. El embajador indio ante la OMC, S. Narayanan, generalmente muy cortés, preguntó al presidente si esperaba que el ministro de India fuera capaz de dividirse y estar presente en dos sitios al mismo tiempo. Zimbabwe, que participaba en la reunión de "sala verde" con Sudáfrica, dijo que era necesario la flexibilidad y que quienes rechazaban las negociaciones (como India) debían dar alternativas, una posición que India descartó de plano.

El representante indio hizo uso de la palabra para rechazar las propuestas de encomendar la realización de negociaciones o continuar el proceso de estudio sobre la base de que las negociaciones comenzarían en la Cuarta Conferencia Ministerial. Para India no era políticamente aceptable ni viable. Malasia y Pakistán, que fueron representados en segundo o tercer nivel, también rechazaron la propuesta. El representante de Malasia acusó al presidente de tomar partido y no ser equitativo. China dijo tajantemente, tanto a los miembros del grupo informal de "sala verde" como del Grupo Cairns, que no estaba dispuesto a pagar el precio de que la Unión Europea realizara concesiones en agricultura al Grupo Cairns o a Estados Unidos.

La reunión finalizó a eso de las cuatro y media de la madrugada, y se pidió a quienes habían presentado otras fórmulas que las presentaran por escrito.

Frenesí final

Mientras tanto, parecía que Estados Unidos y la Unión Europea habían logrado un acuerdo en materia de agricultura, en el que Estados Unidos de alguna forma satisfacía a la Unión Europea con el inicio de una ronda amplia en la Cuarta Conferencia Ministerial. Estados Unidos se sintió envalentonado y presionó a los demás para que aceptaran sus posiciones. Se convocó de improviso varias reuniones informales de "sala verde", como declaró el vocero de la Unión Europea en una rueda de prensa, con menos de 10 minutos de antelación, en una ciudad en la que el movimiento desde los hoteles más cercanos hasta el centro de conferencias requería atravesar varias barreras policiacas de seguridad.

Hubo también un intento de último momento de constituir un grupo de trabajo informal presidido por Costa Rica, para discutir normas laborales. Cuando los delegados cuestionaron su legalidad, la reunión fue aplazada, pero no cejaron en su intento. La Unión Europea realizó una reunión aparte con algunos de los países en desarrollo clave con la finalidad de convencerlos de su idea de organizar un foro conjunto Organización Internacional del Trabajo (OIT)-OMC, fuera del marco de la OMC. También había una idea alternativa de realizar un foro para discutir la globalización, el comercio e incluir a agencias como la OIT y el Programa de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente (PNUMA).

Pero Clinton dejó la maniobra al descubierto cuando reveló en una entrevista concedida a un periódico local, que a cierta altura del camino Estados Unidos pretendía que la OMC aplicara sanciones comerciales como forma de obligar a la aplicación de normas laborales. Frente a eso, la mayoría del mundo en desarrollo estrechó filas para rechazar cualquier discusión de ese tipo a través de la OMC.

Como comentó uno de los delegados sobre los acontecimientos del día final, alrededor de las cinco de la madrugada, cuando apenas había llegado al hotel después de largas reuniones de todo el día y la noche del 2 al 3 de diciembre deseando darse un baño y descansar un poco antes de regresar a la conferencia, lo llamaron de apuro para reuniones de "sala verde" que serían presididas por Barshefsky. Hubo reuniones de "sala verde" sobre agricultura, acceso al mercado y otros temas, y otras reuniones paralelas con posiciones cada vez más duras. Varios países pequeños que se sintieron excluidos habían emitido cartas conjuntas a la presidenta y al director general de la OMC, Mike Moore, y las dieron a conocer a la prensa, amenazando con que obstaculizarían el consenso sobre cualquier resultado. El mismo grupo irrumpió en la "sala verde" exigiendo una explicación y anunciando que rechazarían cualquier conclusión de la reunión.

En esa situación, cuando le quedó claro a Barshefsky que ninguna de las pretensiones de Clinton sobre ambiente y trabajo tendrían andamiento, llamó a la Casa Blanca en busca de autorización para suspender la conferencia. Cuando se la dieron, se puso de acuerdo con Moore y algunos más y convocó a una reunión en la que -en medio nuevamente de una situación caótica- anunció la intención de suspender la conferencia.

Varios embajadores reconocieron que casi no habían podido escuchar lo que Barshefsky había dicho y tenían la impresión de que no se había hecho ninguna propuesta. Algunos abandonaron de inmediato el centro de conferencias y ni siquiera se enteraron de que había un plenario en el que sólo hubo un discurso de clausura por parte de Barshefsky, que recibió algunas vivas desperdigadas, y otro discurso de Moore, recibido en silencio. Acto seguido, la conferencia se declaró suspendida.


 

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